Disposición extraña la de este libro que polemiza con la idea clásica del libro: textos interrumpidos o sin corregir, textos voluntariamente sesgados; dibujos: el primero de una puerta inmensa; otro de islas y de vectores, como si se unieran la matemática y el trazo, el último, el más enigmático, parece representar una corriente de agua que se mueve transportando flores que se abren como ninfeas; y además fragmentos líricos y narrativos que se intercalan constantemente. ¿Posee alguna unidad? Quizá la pregunta sea impertinente, porque los temas sobre los que se precipita con insistencia –la comunidad, la masa, las aporías de cualquier utopía, la dualidad pulsional freudiana y los límites que le impone a la política, la voluntad de escribir– son de aquellos que nos exponen a la infección de los contrarios. “Infección” es un término de Donato y lo usa, oportunamente, para caracterizar, en el comienzo de su viaje, el destino de los contrarios: se infectan el uno al otro y así la síntesis se torna imposible. El germen infeccioso indica el nacimiento de una enfermedad que puede desmoronarnos; también y ambiguamente, la posibilidad de una nueva vida.